Personal · · 2 min
El lujo de escribir despacio
No sé si te has dado cuenta, pero vivimos rodeados de urgencias. Todo tiene que ser inmediato: las respuestas, las decisiones, los logros. La prisa se ha convertido en la medida de todas las cosas, como si no tener tiempo fuera la nueva vara para medir el éxito. Y, sin embargo, yo prefiero el tiempo lento. No el que se malgasta, sino el que se saborea.
Escribir, por ejemplo. Me niego a convertirlo en un sprint más dentro de un calendario apretado. Cuando escribo quiero mirar las palabras y dejar que respiren. Es como ver llover: no puedes acelerar las gotas. Y no quiero.
Quizá escribir despacio sea un acto inútil. Pero en un mundo donde la utilidad lo consume todo, la inutilidad puede ser un refugio. Un espacio que nos pertenece porque no responde a otra lógica que la de nuestra necesidad de pensar.
Te hablo de escribir, pero en realidad esto va de vivir. De no dejar que la velocidad de los otros decida por nosotros. De mirar la prisa a la cara y decirle que no tiene derecho a quitarnos el momento presente.
Lo pienso especialmente cuando miro a mis hijos. Vuelan, casi literalmente, haciendo piruetas sin parar, como si el aire fuera su patio de juegos. Me admira esa ligereza, esa energía inagotable, pero también me recuerda lo importante que es detenerse a observar. Ellos son la velocidad; yo intento ser el reposo. Alguien tiene que estar ahí, con los pies en el suelo, marcando un ritmo distinto.
Por eso escribo lo que quiero, como quiero y al ritmo que quiero. No es un gesto heroico. Es mi forma de resistirme a un mundo que corre tanto que parece no saber adónde va.
Así que aquí me tienes, despacio, escribiendo. Si te animas a leerme, te prometo lo mismo: calma, tiempo y, con algo de suerte, algún pensamiento que merezca quedarse un rato contigo.
Publicado originalmente en enero de 2025 en mi blog anterior y revisado en octubre de 2026.